La agricultura argentina ha estado en constante expansión logrando un importante crecimiento en los rindes,  gracia a la aplicación de nuevas tecnologías. Actualmente existen  aproximadamente 36  millones de hectáreas sembradas y la producción argentina de granos 2016/2017 estaría en el orden de 114 millones de toneladas, un 5 por ciento de crecimiento sobre la base del ciclo anterior. En este período aumentaron las áreas cultivadas de trigo, girasol y maíz, entre otros.

La soja lidera la superficie de áreas cultivada con 19 millones de hectáreas y una producción esperada para este período de 57,3 millones de toneladas. Para considerar el nivel exponencial de crecimiento, podemos tomar principios de la década del 70 donde la producción de soja fue de 500.000 toneladas, mientras que en 2016 alcanzó las 55 millones de toneladas.

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Sin embargo, este crecimiento se dio bajo prácticas insostenibles que tienen su contracara en la expansión de la frontera agropecuaria, generando deforestación, incendios y emisiones de gases de efecto invernadero, como así también la degradación de la tierra. A nivel mundial el 24 %  de los GEI corresponden a la agricultura, ubicándose como el segundo sector económico de mayor emisión. En cuanto a deforestación y cambio de uso del suelo, el continente americano lidera el podio alcanzando el 37 % de las emisiones de GEI.

En nuestro país el sector de agricultura, ganadería y cambio de usos del suelo ocupa el segundo lugar con el 39.2% de las emisiones,   luego del sector energético que tiene el 52%. Si bien a nivel mundial las emisiones de nuestro país se estiman en 0,7%, las emisiones per cápita son muy elevadas, superando a países europeos como Francia, Holanda o Italia. En promedio, un habitante argentino emite 8,6  toneladas de CO2 (dióxido de carbono) por año.

Estos datos indican que el sector agroganadero tiene muchos desafíos por delante en materia ambiental, para reducir las emisiones que generar el sector. Es necesario avanzar en el diseño e implementación de proyectos para reducir las emisiones del sector, a través de diferentes medidas como el manejo de nutrientes en tierras de cultivo mediante la agricultura sin labranza, la fertilización de liberación controlada y la agricultura orgánica. Estas medidas promueven la agricultura de bajo carbono y obligan a repensar el modelo productivo agropecuario preponderante en nuestra región.

Existen algunas experiencias promovidas en países vecinos de agricultura baja en carbono, como el caso de Brasil, donde se impulsaron más de 2000 proyectos relacionados con medidas de mitigación y también adaptación. Entre las actividades implementadas están la recuperación de suelos degradados, la integración cultivos-ganadería-bosques, sistemas agroforestales, sistemas de siembra directa, fijación biológica de nitrógenos, reforestación y tratamiento de residuos agropecuarios.

En la Argentina, si bien el sector de la agricultura orgánica tuvo un incipiente crecimiento en los últimos años, debido a la demanda mundial de productos más frescos, sanos y sin agroquímicos, hace falta un marco regulatorio y programas específicos que incentive y promueva las actividades de bajo carbono por sobre el modelo agrícola convencional.

Por ejemplo, desde hace dos años existe en el Congreso de la Nación un proyecto de ley que tiene como objetivo la instalación de un régimen de promoción de la producción orgánica. El proyecto crea un Registro de Productores y Elaboradores, y genera beneficios fiscales para el sector.

 

Fuente: noticias positivas

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